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miércoles, 26 de octubre de 2011

Como si fuera la maldición Manizaleña

Cumplida una semana exacta desde que la naturaleza se llevó por delante los mediocres progresos del hombre, hemos sorteado con paciencia alguna los embates a los que nos llevaron la mala costumbre de depositar la confianza en aquellos que no ponen atención ni siquiera a su misma vestimenta. 
Ha sido una semana sin agua. Líquido tratado ahora por cliché en todos los medios como el más preciado. Pueden llegar las predicciones apocalípticas hablando de una guerra por agua. Pero no creo que la naturaleza quiera pelear sin siquiera saber que tiene agua para realizar sus tareas más cotidianas y obligatorias. 
No está en la ética quitarles a otros lo que les da para sobrevivir. Pero en este mundo, la ética solamente está en libros de quinto de primaria. 
Parece una maldición y éste ha sido el pensamiento que ronda por mi cabeza día y noche al recordar lo que ha padecido durante estos días mis coterráneos. Increíble. Llovió en cantidades alarmantes por seis días seguidos, sin parar, Hasta dudaba si algún día iba a parar. Primero pensé en una incomunicación vial a quedarnos sin el baño de ducha. Sin embargo, el día que el amanecer fue distinto y el sol brillaba con toda su luz, el agua se fue. Justo cuando la sed me acorralaba no encontré agua en la llave para beberle. 
Desde entonces, por cuatro días seguidos no cayó una gota de lluvia sobre los techos y las cabezas de los manizaleños. Luego, a la tierra volvió el agua, aunque en tímidas cantidades. Lo suficiente para llenar dos baldes con la perjudicial agua sucia. Con el paso de estos ocho días, en una sumatoria personal, he podido entender que no ha llovido más de 45 minutos continuos. Completamente diferente.
A veces pienso que la vida nos cobra por algunas actitudes empalagosas a las que muchos habitantes de mi ciudad van. ¿Cómo alguien, en medio de una emergencia como la que vivía Manizales en principio, iba a presumirle a sus semejantes por llevar un baño diario? Esto, deja sin comentarios de sentido común dada la repugnante sevicia con la que se acentúan estas cortantes palabras.
También está en la impotencia de las personas ver que una situación que primero duraría cuatro días como máximo plazo, pasa a extenderse a diez de palabras pero un tiempo desconocido en hechos. Sujetos a burlas de nuestros propios dirigentes hemos sido, tanto en la emergencia como antes. Que el alcalde de Manizales diga que “agua SÍ hay, lo que no hay son medios para transportarla” convierte esta situación en un desentendimiento del dolor social y aquel poder cobarde de gobernar.
Unidos más que siempre por el bienestar
comunitario, manizaleños hacen  sentir
su voz de protesta.
Foto tomada de internet.
El daño ya está hecho eso sí. En el mismo país en el que vivimos se burlan de nosotros dizque por no estar bañados. Tal vez esos mismos payasos de la Inglaterra del siglo XIX no sepan cuán amable y servicial la mayoría de ciudadanos manizaleños son, contrastando ampliamente con los comentarios sueltos y abyectos que otros dicen.
Pueden hablar y comentar que somos muy pacientes y que si Manizales fuera una población costeña ya no quedaba nada, pero es que en realidad no ganamos nada con perder la calma, acabar todo y exterminar la gota que nos quita la sed. No significa que nos quedemos impávidos ante este grave caso de negligencia, a la que hemos llegado por especulación y pocas pruebas fehacientes. Pero sí es mejor a una ciudad tensionada, donde todos sus establecimientos comerciales estarían cerrados producto de un toque de queda pues sus habitantes no logran aceptar, dada la necesidad, que un servicio que tomaban por concedido se les haya ido por cuestión de política y no tanto de naturaleza.
En los noticiarios nacionales he tenido que apreciar dolorosas imágenes de un domingo eterno que se posó sobre el calendario manizaleño. De señoras de tercera edad, arrodillándose con desesperación y entre lágrimas de rabia porque ya estaban enfermas de rodillas y espalda porque debían cargar agua por interminables metros de distancia. Ésta y muchas otras imágenes son las que llevan al individuo a preguntarse sobre su existencia y acerca de sus decisiones sociales.
Durante mis años de vida he alcanzado a reconocer el clientelismo político que se vive en la ciudad. Quizás este golpe sirva a los ciudadanos para entender que esos favores han generado un alto costo. Una enfermedad.
Jamás como sociedad, se puede tolerar a aquellos políticos utilitaristas que pretenden de la desgracia ajena forjar un beneficio personal. Lo que ha pasado en Manizales ha dado pie a una grave tormenta política que apenas se deja ver como nube y cuyos rayos aún se guardan para dejar electrizada a la comunidad.
Al principio, titulaba esta emergencia como “Manizales, bajo el domo: día__”, no obstante, con el paso del tiempo sentí que esto no podía seguir siendo una burla y tampoco tomarse en una forja tan jocosa. Tampoco sin perder la calma, lo único era entender que ya era tiempo de aguantar, y no olvidar. La democracia en la que vivimos no funciona sin memoria. 
Sin embargo; y más que siempre, es en estos momentos cuando se reconoce que el pueblo es más grande que sus gobernantes y aunque ellos quieran hacerse prevalecer, están a la merced de su juicio, pasivo o activo.
Espero que este problema se pueda calmar como se reduce la sed.

Escrito el día 8 de la emergencia. 
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