Cumplida una semana exacta desde que la naturaleza se
llevó por delante los mediocres progresos del hombre, hemos sorteado con
paciencia alguna los embates a los que nos llevaron la mala costumbre de
depositar la confianza en aquellos que no ponen atención ni siquiera a su misma
vestimenta.
Ha sido una semana sin agua. Líquido tratado ahora por
cliché en todos los medios como el más preciado. Pueden llegar las predicciones
apocalípticas hablando de una guerra por agua. Pero no creo que la naturaleza
quiera pelear sin siquiera saber que tiene agua para realizar sus tareas más
cotidianas y obligatorias.

Parece una maldición y éste ha sido el pensamiento que
ronda por mi cabeza día y noche al recordar lo que ha padecido durante estos
días mis coterráneos. Increíble. Llovió en cantidades alarmantes por seis días
seguidos, sin parar, Hasta dudaba si algún día iba a parar. Primero pensé en
una incomunicación vial a quedarnos sin el baño de ducha. Sin embargo, el día
que el amanecer fue distinto y el sol brillaba con toda su luz, el agua se fue.
Justo cuando la sed me acorralaba no encontré agua en la llave para
beberle.
Desde entonces, por cuatro días seguidos no cayó una
gota de lluvia sobre los techos y las cabezas de los manizaleños. Luego, a la
tierra volvió el agua, aunque en tímidas cantidades. Lo suficiente para llenar
dos baldes con la perjudicial agua sucia. Con el paso de estos ocho días, en
una sumatoria personal, he podido entender que no ha llovido más de 45 minutos continuos. Completamente
diferente.
A veces pienso que la vida nos cobra por algunas
actitudes empalagosas a las que muchos habitantes de mi ciudad van. ¿Cómo
alguien, en medio de una emergencia como la que vivía Manizales en principio,
iba a presumirle a sus semejantes por llevar un baño diario? Esto, deja sin
comentarios de sentido común dada la repugnante sevicia con la que se acentúan
estas cortantes palabras.
También está en la impotencia de las personas ver que
una situación que primero duraría cuatro días como máximo plazo, pasa a
extenderse a diez de palabras pero un tiempo desconocido en hechos. Sujetos a
burlas de nuestros propios dirigentes hemos sido, tanto en la emergencia como
antes. Que el alcalde de Manizales diga que “agua SÍ hay, lo que no hay son
medios para transportarla” convierte esta situación en un desentendimiento del
dolor social y aquel poder cobarde de gobernar.
Unidos más que siempre por el bienestar comunitario, manizaleños hacen sentir su voz de protesta. Foto tomada de internet. |
El daño ya está hecho eso sí. En el mismo país en el
que vivimos se burlan de nosotros dizque por no estar bañados. Tal vez esos
mismos payasos de la Inglaterra del siglo XIX no sepan cuán amable y servicial
la mayoría de ciudadanos manizaleños son, contrastando ampliamente con los
comentarios sueltos y abyectos que otros dicen.
Pueden hablar y comentar que somos muy pacientes y que
si Manizales fuera una población costeña ya no quedaba nada, pero es que en
realidad no ganamos nada con perder la calma, acabar todo y exterminar la gota
que nos quita la sed. No significa que nos quedemos impávidos ante este grave
caso de negligencia, a la que hemos llegado por especulación y pocas pruebas
fehacientes. Pero sí es mejor a una ciudad tensionada, donde todos sus
establecimientos comerciales estarían cerrados producto de un toque de queda
pues sus habitantes no logran aceptar, dada la necesidad, que un servicio que
tomaban por concedido se les haya ido por cuestión de política y no tanto de
naturaleza.
En los noticiarios nacionales he tenido que apreciar
dolorosas imágenes de un domingo eterno que se posó sobre el calendario
manizaleño. De señoras de tercera edad, arrodillándose con desesperación y
entre lágrimas de rabia porque ya estaban enfermas de rodillas y espalda porque
debían cargar agua por interminables metros de distancia. Ésta y muchas otras
imágenes son las que llevan al individuo a preguntarse sobre su existencia y
acerca de sus decisiones sociales.
Durante mis años de vida he alcanzado a reconocer el
clientelismo político que se vive en la ciudad. Quizás este golpe sirva a los
ciudadanos para entender que esos favores han generado un alto costo. Una
enfermedad.
Jamás como sociedad, se puede tolerar a aquellos
políticos utilitaristas que pretenden de la desgracia ajena forjar un beneficio
personal. Lo que ha pasado en Manizales ha dado pie a una grave tormenta
política que apenas se deja ver como nube y cuyos rayos aún se guardan para
dejar electrizada a la comunidad.
Al principio, titulaba esta emergencia como “Manizales,
bajo el domo: día__”, no obstante, con el paso del tiempo sentí que esto no
podía seguir siendo una burla y tampoco tomarse en una forja tan jocosa. Tampoco
sin perder la calma, lo único era entender que ya era tiempo de aguantar, y no
olvidar. La democracia en la que vivimos no funciona sin memoria.
Sin embargo; y más que siempre, es en estos momentos
cuando se reconoce que el pueblo es más grande que sus gobernantes y aunque
ellos quieran hacerse prevalecer, están a la merced de su juicio, pasivo o
activo.
Espero que este problema se pueda calmar como se reduce
la sed.
Escrito el
día 8 de la emergencia.
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